A veces, cuando nos da por echar un vistazo a la historia
más o menos reciente, comprobamos no sin cierto desazón, que muchos de los
grandes personajes que no han hecho sino fastidiar a todo y a todos los que les
rodeaban, viven muchos años.
“Estos indeseables mira que duran años” suele ser una de las
frases típicas que solemos exclamar. “En cambio la buena gente parece que se va
antes” suele ser la que añadimos con cierta tristeza. Y la tristeza no es sólo
porque de verdad pensemos eso, sino porque tenemos una curiosa tendencia a
creernos todos buena gente y consecuentemente, tenemos miedo de durar poco.
Lo cierto es que muchos de los que dicen estas frases harían
exactamente lo mismo que aquéllos a los que critican si tuvieran las oportunidades.
A veces me da la sensación de que hay
incluso cierta dosis de admiración porque han hecho lo que les ha dado la gana
y además han tenido mucho tiempo para ello.
En realidad, se me antoja que muchos querrían ser como
ellos, pero su vergüenza no les permite admitirlo en público (otra cosa son sus
tendencias habituales, muchas veces bastante significativas al respecto).
Cuando se entabla este tipo de conversación con alguien,
surgen varias tendencias. Quizá la primera es la de sentimiento de injusticia.
¿Por qué los malos duran tantos años para que les de tiempo a fastidiar mucho y
a los buenos no se “nos” suele dar tanto? ¡con todo lo que hay que equilibrar!
Otra, quizá más mística, nos podría conducir a que esos años
son un tiempo que la Naturaleza (o Dios para el creyente o el destino para
otros) le brinda a la persona para ver si consigue enderezar su camino en esta
vida. A la vista está que normalmente no funciona muy bien si se trata de una
táctica divina, pero bueno, siempre podemos añadir la creencia de que Sus
razones tendrá y que Sus caminos son inescrutables con renglones torcidos o
algo así.
Pero personalmente, la sensación que se me queda es la de
esa envidia soterrada. Nos pasamos la vida con obligaciones sin poder hacer lo
que nos da la gana y en cambio, los que hacen lo que quieren sin normas y sin
ética, además duran mucho para poder disfrutarlo. Es decir, el que no es ladrón
es porque no ha tenido la oportunidad.
Tampoco creo que sea así en todos los casos. Hay
–afortunadamente– muchas personas que no
roban ni hacen la vida imposible al de al lado incluso teniendo posibilidades.
Cierto, es toda una vida luchando contra una tentación social, pero por lo
general se ahorran bastante en pastillas para dormir.
Y entonces ¿qué es lo que queda de todo esto?
Para empezar diría que tenemos un concepto bastante
equivocado de lo que es la libertad, el libre albedrío ese, y de lo que
llamamos “hacer lo que quiero”.
Nos creemos que las decisiones que tomamos en nuestra vida
sin condicionamientos o presiones de manera directa por personas o
circunstancias evidentes, las tomamos con absoluta libertad. Nos lo creemos,
pero ¿es así?
Podemos pensar que
tenemos libertar en elegir a una persona con la que compartir la vida, en
elegir un coche u otro, un libro u otro, ver un documental en la tele o leer
una novela de Corín Tellado, pero –siento la desilusión–, creo que no es así.
Y creo que no es así porque esas elecciones aparentemente
voluntarias y con un perfecto ejercicio teórico de libertad también están
condicionadas. La persona con la que nos sentimos más unidos viene condicionada
no sólo por nuestros gustos físicos, sino por cosas tan incontrolables como
hormonas, experiencias sentimentales anteriores, educación, forma de
interpretar sus movimientos…
Elegir un coche u otro, amén del dinero disponible, también
tiene que ver con lo que nosotros entendamos por estética, si anteponemos eso a
la practicidad, e incluso por el estrato social y eso llamado “publicidad
subliminal”.
Y ver un documental de física cuántica o leer una novela
romántica depende del momento intelectual o sentimental que estemos pasando, de
nuestro nivel cultural, de la hora del día, de lo que nos haya pasado en la
jornada…
En resumen, cosas que en principio parecen absolutamente voluntarias
están condicionadas por muchos factores que no controlamos. Entonces ¿somos de
verdad libres? ¿Acaso deberíamos redefinir el concepto de libertad?
Y lo que es más importante ¿qué narices tiene que ver esto
de la libertad o los condicionamientos inconscientes con durar más o menos para
poder hacer lo que queramos?
Pues eso, primero deberemos ser conscientes de qué es lo que
queremos y de si lo que queremos en realidad lo queremos o se nos impone desde
alguna sombra anidada en nosotros mismos.
Quizá la libertad consiste en conocer todos esos factores y
saber si tenemos que enfrentarlos o fluir en su corriente. Quizá esa sea la
única y verdadera manera de ser libres y, bueno, no hacer lo que queremos, sino hacer lo que tenemos que hacer.
Entonces no nos importaría durar o no más o menos tiempo;
nos importaría la intensidad de lo hecho. Podríamos llegar a la conclusión de
que hay personas que tiran por la borda una oportunidad de vida de cien años y
otras que aprovechan cada día. Y a lo mejor, incluso llegábamos a la conclusión
de que quien se aprovecha constantemente de los demás en realidad está mucho
más condicionado que libre, porque no puede sentirse satisfecho si no se deja
caer en esos condicionamientos. Y la verdad es que eso no le debe dejar muy
satisfecho.
En fin, que si el cambio no se produce desde dentro, desde
entendernos un poco más, seguiremos pensando que los malos duran y nosotros no
y que eso, además, es una injusticia (hacia nosotros, claro).
Y pasarse la vida pensando que somos buenos y tratados
injustamente, es tirar por la borda el tiempo que se nos presta.
Allá cada cual.