domingo, 8 de febrero de 2015

SABIDURÍA POPULAR Y MANZANAS MORDIDAS



En estos días hemos escuchado a una ingente cantidad de políticos hacer la pelota a millones de potenciales votantes repitiendo la frase de que el pueblo es sabio y el pueblo es soberano (no sé, igual tiene que ver con que estamos en época de elecciones). El caso es que abogan una y otra vez por la sabiduría popular en el momento de introducir la papeleta en las urnas si bien se les cruza un poco esa idea cuando hablan de cierto partido. En caso de votar a esos interfectos la sabiduría pasaría a ser todo lo contrario, ya que si les votamos podemos atraer la ira de dioses olvidados (uy, perdón, he dicho “podemos”).

Bueno, apartando un poco el tema de la política (lo cual es complicado, ya que mi calle estaba llena de agujeros y ahora la están asfaltando), ha habido un par de situaciones que me han hecho replantearme por enésima vez ese concepto de “sabiduría popular”. Y digo apartando el tema de la política porque si me centro en ella desaparece por completo la posibilidad de planteamiento.

El caso es que en los próximos días se estrena en los cines españoles la película “Cincuenta Sombras de Grey” y miles de personas están deseando que se proyecte para ir a verla. Quien no haya leído el libro está poco menos que condenado al ostracismo social. En el metro madrileño (cuna de cultura lectora según algunos porque siempre hay mucha gente leyendo) ha sido complicado no toparse un  mismo día con varias personas devorando el susodicho libro con inusitada avidez.

Por otro lado, y volviendo al cine, hace unos pocos días también se estrenaba otra película. Ésta tiene por título “Descifrando el Enigma” (The Imitaron Game en el original). Sería inútil decir que la primera tiene mucha más publicidad que ésta última. De hecho, cuando a alguien se le pregunta de qué va una y de qué va la otra, lo habitual en este sabio pueblo que nos rodea es que te pregunten de qué va la del enigma ese.

Claro, uno se queda cavilando cómo enfrentar esa situación y piensa “pues simplemente de la vida de un señor que entre otras cosas ha logrado que tú no estés hablando alemán bajo una bandera con la cruz gamada y de que estés leyendo esto en un ordenador y no en la columna de artículos de difícil clasificación en la sección correspondiente de tu biblioteca de barrio (también bajo una cruz gamada, dicho sea de paso).

Y claro, el planteamiento es inmediato ¿el pueblo de verdad es sabio?

Muchos, llegado este punto, alzarán la voz exclamando que la manipulación mediática y política es tan grande que se nos meten por los ojos ciertas películas, libros o noticias. Cierto es, pero ¿es que acaso no tenemos capacidad de investigación o un mínimo atisbo de afán de aventurarnos a buscar otra cosa? A veces, la verdad es que me parece que hay personas que mastican porque no encuentran a nadie que lo pueda hacer por ellos.

Pues lo siento, pero no puedo considerar sabio a un pueblo que se deja manipular con tal facilidad que teniendo frente a él dos o más opciones, elige la más cómoda (además, desgraciadamente, la de la mayoría).

Y no sólo me refiero al ámbito político, me refiero al ámbito de la vida en general.

No podemos (uy, he vuelto a decir la palabra maldita) pretender que los poderes fácticos estimulen nuestra educación y cultura, pero quizá sí podemos (y dale) poner nuestro granito de arena… en alguna que otra rueda de algún que otro engranaje.

En fin, a pesar de las iras de algunos que al leer esto piensen que considero que el pueblo es normalmente más tonto de lo que es capaz de aceptar (lo cual es verdad, lo pienso) y que voy a votar al partido ese cuyo nombre he querido olvidar (lo cual es mentira, no los voy a votar, pero me venía muy bien el ejemplo), seguiré pensando que somos y seremos tontos en la medida en que lo permitamos, que tenemos opciones de dejar de serlo pero nos puede nuestra comodidad, que no nos van a ayudar a dejar de serlo e incluso nos van a poner trabas si nos ponemos a ello… en fin… que tal vez deberíamos a empezar a vivir la vida como guionistas en vez de cómo lectores (¡qué bien hilado me ha quedado esto con el tema del artículo!).

Ah, y si alguien duda de lo dicho no tiene más que hacer una prueba. Se acerca a alguien en la calle o en el metro y le pregunta ¿cómo se llama el protagonista de “Cincuenta Sombras de Grey”? y ¿cómo se llama el de “Descifrando el Enigma”?

Y que saque sus propias conclusiones.

miércoles, 4 de febrero de 2015

UN HOMBRE UN VOTO



UN HOMBRE UN VOTO

Esa es la premisa de la democracia. Cada persona, por el simple hecho de existir y haber nacido en un país democrático o bien tener permisos políticos de residencia y decisión, puede elegir a las personas que van a actuar como dirigentes durante un tiempo.

En principio parece una buena idea, pero como todo o casi todo en esta vida, sobre todo cuando está supervisado por el poder, tiende irremediablemente a la entropía, al caos.

Lo primero que se me viene a la cabeza a la hora de votar, es si tengo los suficientes conocimientos de lo que voy a hacer. En principio, veo que no tengo acceso directo ni fácil a las cuentas estatales, a las decisiones que se toman por mí y a las diversas reparticiones que se hacen. No tengo más remedio que fiarme de lo que dicen los líderes políticos acerca de las cuentas, los presupuestos, las estadísticas y las previsiones. El problema es que cada uno de ellos va a aportar una visión totalmente distinta de las cosas. Parecería que están más interesados en ostentar el poder y derrotar al contrario que en mostrar al pueblo una realidad y que éste decida en consecuencia.

Pero ello me lleva a la terrible conclusión de que no puedo sustentarme en datos para saber quién está más cerca de mi forma de interpretar el estado y darle mi apoyo, sino que debo guiarme por una especie de mágica intuición intentando no dar demasiado crédito a ciertos datos animosos que presentan cuando hablan de sus propuestas y tampoco demasiado a los que exponen cuando hablan de la inutilidad del rival. En fin, que no puede uno fiarse de los datos que dan los candidatos para poder hacerse una idea de qué es lo mejor. Mal vamos.

Pero no se vayan todavía, aún hay más… 

Uno podría pensar bienintencionada y lógicamente que lo de “un hombre un voto” es literal. Pero no. Dependiendo de la población en la que se viva, los votos individuales darán lugar a más o menos puestos a los políticos. No “vale” lo mismo el voto de un andaluz que el de un catalán.

Bueno, hasta ahora nos hemos quedado con la sensación de que votamos sin saber a qué tipo de propuestas reales y que nuestro voto no vale lo mismo que el del vecino. Y ahí me gustaría hacer un inciso porque creo que es importante. Yo no tengo ni idea de economía (de hecho suelo comprar más limones de los que necesitamos en casa) y además soy tan ingenuo que me dejo influenciar fácilmente por la sonrisa de un político y por un papel con unos gráficos muy coloridamente estudiados en los que me plasman su realidad. 

Pero tengo un amigo que es mucho más difícil de convencer. Sabe de economía y es capaz de cotejar los datos de uno y otro y sacar sus propias conclusiones y partiendo de ahí, analiza cuál de los dos candidatos puede estar más cerca de poder llevar a término lo que propone. Además entiende de lenguaje no verbal (es que mi amigo es muy inteligente) y no se le escapa un guiño, un labio más levantado, una mano frente a la boca, un carraspeo… no sé, cosas así que dice y no entiendo, pero que le llevan irremediablemente a saber que lo que esa persona dice en ese momento, o bien no es la realidad o bien es mentira.

Y claro, cada vez que veo a mi amigo en acción (os recomiendo amigos así, son muy divertidos) me da la sensación de que no tengo ni idea de a lo que voy a votar y de que está bien eso de que ciertos votos no valgan lo mismo que otros. Mi voto debería valer un diez por ciento de lo que vale el de él.

Aún así, sigo ejerciendo ese derecho cada cuatro años. Pero mi amigo dice que las decisiones no se toman sólo cada cuatro años. Hay decisiones importantes que se toman que necesitarían la opinión del pueblo, porque si bien ellos son representantes, un representante hay veces que debe ceder su opinión a quienes le mantienen y no tomar por sí mismo ciertas ideas como las que hay que llevar a cabo. También dice que hay poderes, obviamente económicos y empresariales a muy alta escala, que son quienes condicionan de diversas maneras a los gobiernos a llevar a cabo cierto tipo de políticas. Poderes a los que nadie ha votado.

Entonces, y ahora soy yo quien saco mis propias conclusiones, se me antoja que por una parte eso que llamamos democracia está un poco en pañales y también un poco contaminada por intereses que no parecen muy democráticos. Recuerdo otro de los pilares de este sistema de gobierno que habla de la separación de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial), pero que no me queda tan claro cuando veo que los legisladores, que hacen las leyes y los jueces, que las hacen cumplir, son colocados en sus puestos por los políticos dirigentes (al menos los cargos de más responsabilidad). En mi ignorancia, no lo entiendo. ¿Eso es algún extraño tipo de separación de poderes?

Siguiendo con mi conclusión que es a lo que iba, ¿se le puede llamar a esto de verdad democracia? ¿es esto la democracia? ¿debemos resignarnos a votar en base a datos incompletos y partidistas aderezados con publicidad subliminal por extraños entes nada democráticos? ¿es todo esto una conspiración para que el pueblo llegue a la conclusión de que la democracia es un sistema débil y manipulable y que debe ser eliminado y sustituido por algo menos colaborativo y más duro? Es que estoy hecho un lío y ya no sé qué pensar.

El genial George Bernard Shaw dijo que el único problema del cristianismo es que aún no se ha puesto en práctica. No sé si la democracia será un sistema ideal de gobierno, pero desde luego, para poder saberlo, deberíamos poder verlo y practicarlo en toda su inmensidad y lucidez.

A partir de ahí se podría decidir si es útil, si hay que reformarla o sustituirla o si nos la quedamos como la perfección evolutiva de la sociedad.

Podríamos ya dar el primer paso y practicarla ¿no?

sábado, 1 de noviembre de 2014

LOS MALOS DURAN MUCHO



A veces, cuando nos da por echar un vistazo a la historia más o menos reciente, comprobamos no sin cierto desazón, que muchos de los grandes personajes que no han hecho sino fastidiar a todo y a todos los que les rodeaban, viven muchos años.

“Estos indeseables mira que duran años” suele ser una de las frases típicas que solemos exclamar. “En cambio la buena gente parece que se va antes” suele ser la que añadimos con cierta tristeza. Y la tristeza no es sólo porque de verdad pensemos eso, sino porque tenemos una curiosa tendencia a creernos todos buena gente y consecuentemente, tenemos miedo de durar poco.

Lo cierto es que muchos de los que dicen estas frases harían exactamente lo mismo que aquéllos a los que critican si tuvieran las oportunidades. A veces me  da la sensación de que hay incluso cierta dosis de admiración porque han hecho lo que les ha dado la gana y además han tenido mucho tiempo para ello.

En realidad, se me antoja que muchos querrían ser como ellos, pero su vergüenza no les permite admitirlo en público (otra cosa son sus tendencias habituales, muchas veces bastante significativas al respecto).

Cuando se entabla este tipo de conversación con alguien, surgen varias tendencias. Quizá la primera es la de sentimiento de injusticia. ¿Por qué los malos duran tantos años para que les de tiempo a fastidiar mucho y a los buenos no se “nos” suele dar tanto? ¡con todo lo que hay que equilibrar!

Otra, quizá más mística, nos podría conducir a que esos años son un tiempo que la Naturaleza (o Dios para el creyente o el destino para otros) le brinda a la persona para ver si consigue enderezar su camino en esta vida. A la vista está que normalmente no funciona muy bien si se trata de una táctica divina, pero bueno, siempre podemos añadir la creencia de que Sus razones tendrá y que Sus caminos son inescrutables con renglones torcidos o algo así.

Pero personalmente, la sensación que se me queda es la de esa envidia soterrada. Nos pasamos la vida con obligaciones sin poder hacer lo que nos da la gana y en cambio, los que hacen lo que quieren sin normas y sin ética, además duran mucho para poder disfrutarlo. Es decir, el que no es ladrón es porque no ha tenido la oportunidad.

Tampoco creo que sea así en todos los casos. Hay –afortunadamente–  muchas personas que no roban ni hacen la vida imposible al de al lado incluso teniendo posibilidades. Cierto, es toda una vida luchando contra una tentación social, pero por lo general se ahorran bastante en pastillas para dormir.

Y entonces ¿qué es lo que queda de todo esto?

Para empezar diría que tenemos un concepto bastante equivocado de lo que es la libertad, el libre albedrío ese, y de lo que llamamos “hacer lo que quiero”.

Nos creemos que las decisiones que tomamos en nuestra vida sin condicionamientos o presiones de manera directa por personas o circunstancias evidentes, las tomamos con absoluta libertad. Nos lo creemos, pero ¿es así?

Podemos  pensar que tenemos libertar en elegir a una persona con la que compartir la vida, en elegir un coche u otro, un libro u otro, ver un documental en la tele o leer una novela de Corín Tellado, pero –siento la desilusión–, creo que no es así.

Y creo que no es así porque esas elecciones aparentemente voluntarias y con un perfecto ejercicio teórico de libertad también están condicionadas. La persona con la que nos sentimos más unidos viene condicionada no sólo por nuestros gustos físicos, sino por cosas tan incontrolables como hormonas, experiencias sentimentales anteriores, educación, forma de interpretar sus movimientos…

Elegir un coche u otro, amén del dinero disponible, también tiene que ver con lo que nosotros entendamos por estética, si anteponemos eso a la practicidad, e incluso por el estrato social y eso llamado “publicidad subliminal”.

Y ver un documental de física cuántica o leer una novela romántica depende del momento intelectual o sentimental que estemos pasando, de nuestro nivel cultural, de la hora del día, de lo que nos haya pasado en la jornada…

En resumen, cosas que en principio parecen absolutamente voluntarias están condicionadas por muchos factores que no controlamos. Entonces ¿somos de verdad libres? ¿Acaso deberíamos redefinir el concepto de libertad?

Y lo que es más importante ¿qué narices tiene que ver esto de la libertad o los condicionamientos inconscientes con durar más o menos para poder hacer lo que queramos?

Pues eso, primero deberemos ser conscientes de qué es lo que queremos y de si lo que queremos en realidad lo queremos o se nos impone desde alguna sombra anidada en nosotros mismos.

Quizá la libertad consiste en conocer todos esos factores y saber si tenemos que enfrentarlos o fluir en su corriente. Quizá esa sea la única y verdadera manera de ser libres y, bueno, no hacer lo que queremos,  sino hacer lo que tenemos que hacer.

Entonces no nos importaría durar o no más o menos tiempo; nos importaría la intensidad de lo hecho. Podríamos llegar a la conclusión de que hay personas que tiran por la borda una oportunidad de vida de cien años y otras que aprovechan cada día. Y a lo mejor, incluso llegábamos a la conclusión de que quien se aprovecha constantemente de los demás en realidad está mucho más condicionado que libre, porque no puede sentirse satisfecho si no se deja caer en esos condicionamientos. Y la verdad es que eso no le debe dejar muy satisfecho.

En fin, que si el cambio no se produce desde dentro, desde entendernos un poco más, seguiremos pensando que los malos duran y nosotros no y que eso, además, es una injusticia (hacia nosotros, claro).

Y pasarse la vida pensando que somos buenos y tratados injustamente, es tirar por la borda el tiempo que se nos presta.

Allá cada cual.

miércoles, 15 de octubre de 2014

EEUU Vs España Vs Ébola


En estos últimos días vengo observando las comparaciones, en el asunto del ébola, con Estados Unidos. Comparaciones para insistir en lo mal que lo estamos haciendo nosotros. No deja de resultarme curioso que mucha gente de la que sigo en redes sociales y personas de mi entorno, ideologías a parte (aunque si, de mayoría zurda), resalte que en tierras americanas se ha respondido en hora y media a la alerta generada por el contagio y, gracias a Dios, no se ha matado ningún perro. Bien, es que estamos hablando de que lo que han hecho es lo que hay que hacer, como hay que hacerlo y hecho desde el sentido común. ¿Hasta qué punto hemos llegado que alabamos que simplemente se haga lo que se tiene que hacer? ¿Tanto nos hemos acostumbrado al despotismo, a la cara dura y al mal hacer de nuestros dirigentes que cuando vemos que en otro país se hacen las cosas correctamente nos parece algo extraordinario? Es muy triste esto…


Por otro lado, la misma gente que ahora alaba la gestión en este asunto de los estadounidenses son los mismos que llevan clamando al cielo por las barbaridades cometidas por éstos durante gran parte de la historia. Sin embargo ahora salen llamando “heroic person” a la enfermera y deciden no sacrificar a su perro, con lo que les gustan a ellos esas actuaciones cinematográficas de cara a la galería, y son poco menos que el ejemplo del buen hacer. Y todo porque, en comparación, nosotros quedamos en ridículo. Señores, no hace falta destacar lo normal para evidenciar lo extraordinario. Y lo extraordinario aquí no es que Estados Unidos haya actuado correctamente, o lo que suponemos que es correctamente, si no la penosa gestión del gobierno español. Y por desgracia esto también está dejando de ser extraordinario. No hay que justificar la crítica a lo que está mal hecho con el ejemplo de los que han hecho lo correcto. Lo que se ha hecho en España es una barbaridad, independientemente de lo que haya ocurrido en Estados Unidos, Madagascar o la Guyana Francesa.


Cuando a principios de año estalló el primer pico de ébola, Médicos Sin Fronteras avisó de que había riesgos de epidemia, de que era posible que se propagase a más países y que había que tratar el tema con suma delicadeza. Mientras tanto aquí nos dedicábamos a desmantelar el Hospital Carlos III, un hospital que era referencia en lo que a enfermedades infecto contagiosas se refiere y que acabó siendo un centro para pacientes de media y larga estancia. Primer error.

El segundo llega con la repatriación del misionero español. Una decisión claramente electoralista, dado que buena parte del electorado del actual gobierno es afín al catolicismo. ¿Se habría repatriado a un ciudadano “normal y corriente”? Seguramente no tengamos nunca respuesta a esto, pero las evidencias son claras. Pero a lo que íbamos, con esta decisión, a mi juicio electoralista, lo que conseguimos es traer un virus, con un altísimo porcentaje de mortalidad entre los que lo sufren, a España. Sin ningún tipo de preparación, sin organización y sin criterio alguno. ¿No habría sido mejor, y más sensato, llevar allí todo lo necesario y ya de paso ayudar a los autóctonos que están muriendo a millares? Claro que no, lo que pase en África, mientras a nosotros no nos toque, no es de nuestra incumbencia. Pobrecitos, si, pero lejos…

Y pasó lo que tenía que pasar. Que una de las auxiliares (muy importante esta palabra para recalcar su falta de conocimientos) de enfermería se contagia. ¿Realmente alguien creía que,
por mucho que insistiese el gobierno en que todo estaba bajo control y que todos los protocolos se estaban siguiendo a rajatabla, no iba a pasar nada? Era cuestión de tiempo, y solo con ver a ese hombre bajando a pecho descubierto del avión en el que transportaban al misionero o los trajes de seguridad remendados con cinta aislante, la radiografía de este esperpento está clara. Y todavía tendremos que dar gracias por que no se den más casos. Al gobierno, claro, por su eficacia a la hora de manejar todo esto.

¿Y ahora? Pues resumiendo, tenemos la tan cacareada Marca España: a la misma ministra incompetente que se resiste a dimitir, a un gobierno que no la cesa de su cargo y que pretende cargar las culpas a la auxiliar y, seguramente, a laboratorios y farmacéuticas en connivencia con éste frotándose las manos ante la perspectiva de hacer caja. Eso por no hablar de la falta de información y la desinformación vertida por los medios afines al partido gobernante, el asesinato de un perro sin ni siquiera plantearse cualquier otra opción que esa o las constantes denuncias de los profesionales sanitarios en cuanto a los fallos en los protocolos que se están dando por la falta de infraestructuras, material e información. Todo muy bonito y muy bien pensado, sí señor.

Al final una cosa está clara, Estados Unidos ha hecho lo correcto, lo que hay que hacer en estos casos, pero claro, al lado de nuestro esperpento vemos poco menos que a Dustin Hoffman en Estallido intentando salvar a la población. Mientras, el gran ganador de todo esto sigue siendo el ébola, que continúa llevándose por delante a millares de personas en África sin que desde ningún gobierno de occidente se mueva un dedo. Eso si, para repatriar al misionero ponemos todos los medios posibles. Una hipocresía que parece no sonrojar a nadie y que al final acaban pagando los de siempre.